Laudato si

La Iglesia tiene ahora un Papa que irrumpe con novedad y contundencia en el panorama de los líderes mundiales. Escapa a los esquemas del pasado.

Emite una Encíclica dirigida a todo mundo: creyentes, agnósticos, ateos, ricos y pobres. A todos afecta el tema y a todos se dirige. Es la más ecuménica de las encíclicas, en sí misma, no como algo añadido.

Coloca en un mismo plano la ciencia y la reflexión teológica, el cielo y la tierra. Es profética: a los cielos nuevos añade la tierra nueva. En lugar de remontarse a los cielos, desciende a los infiernos del mundo de hoy, con los peligros que nos acechan.

Se muestra como un Papa latinoamericano: volcado a lo humano, a las carencias sentidas (inteligencia sentiente) desde una perspectiva de liberación.

La Encíclica quiebra paradigmas en una Iglesia que en su historia ha vivido lejana de la ciencia y de los no creyentes. Les da credibilidad a los científicos modernos más serios, independientemente de si son o no creyentes, que quieren demostrar la antropogénesis del cambio climático.

Con su posición, Francisco ha trasladado la “carga de la prueba” a los enemigos de esta tesis: los conservadores de los países del Norte global.

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